martes, octubre 21, 2008

La fragilidad del AGUA

Los ecosistemas acuáticos albergan los mayores niveles de biodiversidad y, al mismo, tiempo son los más frágiles. Mucha gente entiende el valor de la biodiversidad como un valor ajeno, cuando no antagónico, a los valores económicos, sociales y culturales generados por la sociedad. Nada más lejos de la realidad. La dependencia del ser humano, tanto del agua como de los recursos naturales generados por los ecosistemas acuáticos, emerge con creciente claridad cuando reflexionamos sobre los retos de la sociedad moderna en el nuevo milenio. Durante miles de años, las diversas sociedades y culturas se han ido asentando en torno a ríos, lagos y humedales. El agua y la vida que genera en su entorno han sido siempre los argumentos clave de cualquier asentamiento humano. Hoy, el paisaje, la vegetación y la fauna de cada territorio son el resultado de una larga interacción entre la naturaleza y las sociedades que se asentaron en las riberas de ríos, lagos y costas. En esa coevolución, esos entornos naturales sufrieron cambios a los que se fueron adaptando las diversas especies y la propia sociedad. Sin embargo, el modelo de gestión de aguas que ha estado vigente a lo largo del siglo XX ha llevado a quebrar esa progresión, produciendo graves problemas no sólo para los ecosistemas acuáticos y sus entornos, sino para la propia sociedad. En pocas décadas hemos destruido miles de kilómetros de hermosas costas fluviales; hemos desecado gran parte de los humedales, talado sotos y bosques de ribera, rectificado, estrechado y amurallado cauces; hemos quebrado la continuidad de los hábitats fluviales con decenas de miles de grandes presas, hemos sobreexplotado acuíferos y arruinado grandes ríos que ya ni siquiera llegan al mar, al quedar secos durante largos meses cada año; hemos contaminado sistemática y masivamente las aguas al usar los ríos como vertederos de residuos y cloacas a cielo abierto durante décadas. En nombre del progreso hemos roto la salud y la sostenibilidad del ciclo hídrico en islas y continentes. Hoy, de hecho, el medio acuático continental tiene el triste honor de encabezar la lista de hábitats con mayor proporción de especies extinguidas o en extinción en la biosfera.Sin embargo, esa quiebra en la sostenibilidad de los ecosistemas acuáticos no sólo afecta a la biodiversidad y degrada patrimonios naturales y paisajísticos de alto valor, sino que se sitúa en la base de dos de los grandes problemas que confronta la Humanidad en el siglo XXI: el acceso al agua potable y el hambre, agravados por las perspectivas de cambio climático en curso.Tal y como establece la Declaración Europea por la Nueva Cultura del Agua, firmada en 2005 por cien científicos de la Unión Europea (UE), el hecho de que 1.200 millones de personas no tengan garantizado el acceso a agua potable no es sino la cara humana del problema de insostenibilidad de nuestros ecosistemas acuáticos. La degradación de la vida en los entornos acuáticos se ha acabado transformando en enfermedad y muerte, especialmente entre los más pobres.Por otro lado, la mayor parte de las proteínas en la dieta de las comunidades empobrecidas proceden de la pesca, mucho más que de la caza. La ruptura de la continuidad del hábitat fluvial por grandes presas y la destrucción de humedales, junto a la contaminación y detracción abusiva de caudales, son las claves de quiebras generalizadas en las grandes pesquerías continentales (Mar de Aral, Lago Chad, Lago Victoria, Río Urrá, Amazonía, Paraná, o Mekong). Con la destrucción de estas fuentes alimentarias hemos engrosado masivamente las filas del hambre y de la malnutrición. La degradación y el colapso de caudales fluviales ha llevado también a graves impactos sobre las pesquerías marinas, privadas de los aportes de nutrientes continentales fluviales que fertilizan la vida en las plataformas litorales, especialmente en mares cerrados o cuasi-cerrados pobres en plancton, como el Mediterráneo. El cierre de la presa de Assuan, sobre el Nilo, produjo una reducción de capturas de sardina y boquerón de más del 90% en todo el Mediterráneo Oriental.La urgente necesidad de estudiar y proteger los humedales y manglares que aún existen en el mundo responde, en buena medida, a las terribles consecuencias que su degradación está teniendo sobre los pueblos que los habitan y dependen de ellos. Estos ecosistemas son de hecho los espacios de mayor productividad natural en la biosfera, al tiempo que son verdaderos pulmones hídricos que, junto a los acuíferos, regulan el ciclo hidrológico en las diversas cuencas. Reforzar la llamada “resiliencia” de ese ciclo, es decir las capacidades inerciales que aportan estos ecosistemas cuando están en buen estado, frente al incremento de variabilidad climática en curso (mayor intensidad y frecuencia de sequías y crecidas), es una de las claves esenciales de cualquier estrategia sensata de gestión de riesgos de sequía e inundación ante el proceso de cambio climático.

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